CASTORIADIS Y BOOKCHIN: SIMILITUDES POLÍTICAS

By Yavor Tarinski

La principal amenaza para la naturaleza y la gente hoy en día proviene de la centralización y el monopolio del poder y el control.

~Vandana Shiva

Hoy en día se nos dice constantemente «desde arriba» que no tenemos otra opción que conformarnos con el statu quo. Las instituciones de poder dominantes están haciendo todo lo posible para convencernos de que la solución a nuestros problemas sociales y medioambientales se va a encontrar en las mismas políticas que los han creado en primer lugar. La narrativa T.I.N.A. [There is No Alternative] sigue dominando el discurso dominante; y la cultura consumista generalizada, en combinación con la prolongada crisis representativa, está infectando el imaginario de la gente con cinismo, conformismo general y apatía.

Pero los gérmenes de otras formas de pensar y vivir intentan abrirse paso entre la pasividad de la lógica actual. Nuevas significaciones que van más allá del discurso capitalista burocrático contemporáneo, ofreciendo nuevos conjuntos de razones y valores, con los que navegar por la vida social lejos de la destructividad del crecimiento económico constante y la apatía cínica.

Ante el creciente descontento popular con el actual orden de cosas, podemos distinguir dos significados que ofrecen una ruptura radical con la actual normalidad:

Por un lado, el creciente interés por la participación política y la democracia directa. Hoy en día resulta casi impensable pensar en el malestar popular fuera del marco general de la democracia: en primer lugar, las demandas giran casi siempre en torno a una mayor implicación ciudadana de una u otra forma; en segundo lugar, la forma de organizar la lucha popular hace tiempo que ha superado el centralismo de las organizaciones políticas tradicionales, insistiendo en cambio en la autoorganización y la colaboración.

Por otra parte, la ecología está surgiendo como una preocupación importante y como una respuesta al modelo político-económico contemporáneo basado en el crecimiento, responsable de la creación de una crisis medioambiental tangible y del rápido desarrollo del cambio climático. Se expresa en forma de luchas populares contra los proyectos extractivistas capitalistas, perjudiciales para el medio ambiente, la salud humana y la autonomía local. También adopta la forma de resistencia a la cultura consumista, lo que impulsa nuevas teorías innovadoras como la del decrecimiento.

Entre el diverso espectro de pensadores que hoy en día están desarrollando estas nuevas significaciones podemos distinguir a Cornelius Castoriadis y Murray Bookchin como dos de los más influyentes. Ambos surgieron de la izquierda y a través de su pensamiento, así como de sus prácticas activistas, consiguieron superar los dogmas ideológicos y desarrollar sus propios proyectos políticos, incorporando y avanzando aún más la democracia directa y la ecología. No es de extrañar que colaboraran en la revista Society & Nature, y más tarde en su sucesora Democracy & Nature, hasta 1996, cuando surgió un agrio conflicto entre ambas[59].

En la actualidad, su legado es continuado por movimientos y luchas sociales que sitúan estas dos significaciones en el centro de sus actividades políticas. El pensamiento de Castoriadis se revitalizó con las revueltas populares de los últimos años en toda Europa y especialmente con el llamado «Movimiento de las Plazas» (también conocido como Los Indignados), que no estaba impulsado por ideologías «puras» sino por la pasión por la acción política y el pensamiento crítico, mientras que el proyecto de Bookchin está siendo parcialmente implementado en la práctica por el movimiento de liberación kurdo en el corazón de Oriente Medio (sobre todo en Rojava), influyendo en él hasta tal punto que abandonó por completo su orientación marxista-leninista.

Cabe señalar que el objetivo del presente texto no es el desarrollo de un profundo análisis comparativo entre las obras de ambos, sino un esfuerzo por subrayar dos elementos de su pensamiento que son especialmente actuales para nuestro contexto actual y están cargados de un enorme potencial de cambio.

La democracia directa

Tanto Castoriadis como Bookchin vieron un gran potencial liberador en la democracia directa y la situaron en el centro de sus proyectos políticos. Dedicaron gran parte de sus escritos a esta cuestión, desarrollando esta noción más allá de los marcos establecidos por las ideologías tradicionales. A diferencia de las visiones autoritarias, que desconfían de la sociedad y, por tanto, reclaman su sometimiento a mecanismos jerárquicos y extrasociales, por un lado, y por otro, de las visiones que rechazan toda forma de leyes e instituciones, los dos pensadores propusieron el establecimiento de estructuras e instituciones que permitieran la interacción pública directa, manteniendo la cohesión social a través de los flujos horizontales de poder.

Según Castoriadis, la mayoría de las sociedades humanas se establecieron sobre la base de la heteronomía, que describe como una situación en la que las normas de la sociedad son establecidas por alguna fuente extrasocial (como el partido, dios, la necesidad histórica, etc.). Las instituciones de las sociedades heterónomas se conciben como dadas/autoevidentes y, por tanto, incuestionables, es decir, incompatibles con la interacción popular. Para él, la estructura organizativa del mundo occidental moderno, aunque suele caracterizarse como «democracia», es en realidad una oligarquía liberal, con algunas libertades para el pueblo, pero la dirección general de la vida social se sitúa en manos de minúsculas élites[60].

Para Castoriadis la democracia es un elemento esencial de la autonomía social e individual (que el pueblo establezca sus propias reglas e instituciones), que es lo contrario de la heteronomía. Lo que él llamaba el proyecto de autonomía implicaba la autoinstitución democrática directa por parte de la sociedad, formada por ciudadanos conscientes, que se dan cuenta de que ellos mismos dibujan su propio destino y no alguna fuerza extrasocial, ya sea natural o metafísica[61], es decir, en manos de la sociedad está el poder más alto que existe: darse las leyes e instituciones bajo las que vive.

Castoriadis deriva su comprensión de la democracia del significado clásico del término, originario de la antigua Atenas (demos/pueblo y kratos/poder). Así, basándose en ello, califica los regímenes liberales actuales de no democráticos, ya que se basan en la elección de representantes y no en la participación directa de los ciudadanos. Según él, la democracia sólo puede ser directa, por lo que es incompatible con la burocracia, el expertismo, la desigualdad económica y otras características de nuestro sistema político moderno[62].

En un nivel más concreto, sugirió la creación de unidades territoriales con una población de hasta 100.000 personas, que se autogestionaran mediante asambleas generales. Para la coordinación entre las diferentes unidades de este tipo, propuso el establecimiento de consejos y comités a los que los órganos de decisión locales enviarían delegados revocables a corto plazo[63].

También para Bookchin, la caracterización del sistema actual como una democracia era un error, un oxímoron. Nos recuerda que hace dos siglos el término democracia era descrito por los gobernantes como «gobierno de la muchedumbre», un preludio del caos, mientras que hoy en día [se] utiliza para enmascarar un régimen representativo, que en su esencia es una oligarquía republicana, ya que una pequeña camarilla de unos pocos elegidos gobierna sobre la impotente mayoría[64].

Bookchin, al igual que Castoriadis, basó su comprensión de la democracia en la experiencia de la antigua politia ateniense. Esa es una de las razones por las que prestó tanta atención al papel de la ciudad[65]. Describe cómo, con el auge de lo que él denominó «statecraft», los ciudadanos activos, profunda y moralmente comprometidos con sus ciudades, fueron sustituidos por consumidores pasivos sometidos a un gobierno parlamentario, cuyo tiempo libre se dedica a comprar en tiendas minoristas y megacentros comerciales.

Tras muchos años de participación en diferentes movimientos políticos, Bookchin desarrolló su propio proyecto político, llamado Comunalismo. Basado en la democracia directa, gira ampliamente en torno a la cuestión del poder, rechazando las prácticas escapistas y de estilo de vida. El comunalismo se centra, en cambio, en un centro de poder potencialmente sometido a la voluntad del pueblo -el consejo municipal- a través del cual crear y coordinar asambleas locales. Destacó el carácter antagónico hacia el aparato estatal que tienen estas instituciones y la posibilidad de que se conviertan en las fuentes exclusivas de poder en sus pueblos, villas y ciudades. Los municipios democratizados, sugirió Bookchin, se confederarían entre sí enviando delegados revocables a las asambleas populares y consejos confederales, desafiando así la necesidad del poder estatista centralizado. Este modelo concreto Bookchin lo llamó municipalismo libertario[66], que ha influido en gran medida en Abdullah Öcalan y en la lucha kurda por la liberación social.

Un rasgo distintivo de la visión de Bookchin de la democracia directa en su comunalismo era el elemento de la votación por mayoría, que consideraba la única forma equitativa de que un gran número de personas tomara decisiones[67]. Según él, el consenso, en el que una sola persona puede vetar todas las decisiones, supone un peligro para el desmantelamiento de la sociedad. Sin embargo, según él, todos los miembros de la sociedad poseen conocimiento y memoria, por lo que la colectividad social no tiene interés en privar a las «minorías» de sus derechos. Para él, las opiniones de una minoría son una fuente potencial de nuevos conocimientos y verdades incipientes, que son grandes fuentes de creatividad y progreso para el conjunto de la sociedad.

Ecología

La ecología desempeñó un papel importante en el pensamiento de los dos grandes filósofos. Sin embargo, ambos la consideraban en marcado contraste con la mayoría de los ecologistas de su tiempo (y de hoy también). A diferencia de la concepción generalizada de la naturaleza como una mercancía, como algo separado de la sociedad, Castoriadis y Bookchin la veían en relación directa con la vida social, las relaciones y los valores, incorporándola así a sus proyectos políticos.

Castoriadis sostiene que la ecología es, en su esencia, una cuestión política. No tiene nada que ver con la ciencia, ya que ésta trata de explorar posibilidades y dar respuestas a preguntas concretas y no de autolimitarse. Sin embargo, Castoriadis insta a movilizar los recursos de la ciencia para explorar la naturaleza y nuestro impacto en ella, pero se mantiene firme en que la elección que se haga al final será en su esencia una elección política.

Por lo tanto, las soluciones que deben darse a toda crisis ecológica deben ser políticas. Castoriadis sigue siendo crítico con los partidos verdes y con el sistema parlamentario en general, ya que a través de los procesos electorales se pretende «liberar» al pueblo de la política, [dejándola] únicamente en manos de «representantes» profesionales. Como consecuencia de ello, la gente se ve obligada a ver la naturaleza de forma despolitizada, sólo como una mercancía, por lo que muchos movimientos ecologistas contemporáneos se ocupan casi exclusivamente de cuestiones relacionadas con el medio ambiente, despreocupándose de las cuestiones sociales y políticas.

Siguiendo esta línea de pensamiento, no es de extrañar que Castoriadis se muestre crítico con las escasas ocasiones en que los grandes movimientos y partidos verdes presentan propuestas de carácter político para resolver la crisis ambiental[69], ya que la mayoría de las veces, aunque sus propuestas políticas giren en torno a una mayor participación popular -por ejemplo, los partidos verdes que han presentado propuestas de sortición y rotación de sus diputados, más referendos, etc. – siguen incrustados en el régimen parlamentario contemporáneo. Como defensor de la democracia directa, Castoriadis cree que algunos de sus elementos, al estar incrustados en el sistema representativo, perderán su significado.

Del mismo modo, Bookchin también vincula la esfera ecológica con la social y la política en general. Para él, casi todos los problemas ecológicos actuales se derivan de problemas profundamente arraigados en el orden social, por lo que hablaba de ecología social[70] Las crisis ecológicas no podrían entenderse ni mucho menos resolverse si no estuvieran vinculadas a la sociedad, ya que los conflictos económicos, culturales, de género y otros en ella eran la fuente de graves desajustes ecológicos.

Bookchin, al igual que Castoriadis, discrepaba fuertemente de los ecologistas que pretendían desconectar la ecología de la política y la sociedad, identificándola en cambio con la preservación de la vida salvaje, la naturaleza salvaje o la ecología profunda malthusiana, etc.[71] Insistió en el impacto que nuestra sociedad jerárquica capitalista está causando en la naturaleza (con sus proyectos extractivistas a gran escala y con ánimo de lucro), dejando así claro que si no resolvemos nuestros problemas sociales no podremos salvar el planeta.

Para Murray Bookchin la mentalidad jerárquica y la desigualdad económica que han impregnado la sociedad actual son las fuentes principales de la idea misma de que el hombre debe dominar la naturaleza. Por lo tanto, la lucha ecológica no puede esperar ningún éxito a menos que se integre en un proyecto político holístico que desafíe la fuente misma de la actual crisis ambiental y social, es decir, desafiar la jerarquía y la desigualdad[72].

Conclusión

A pesar de las diferencias y desacuerdos entre ellos, Castoriadis y Bookchin tenían mucho en común, especialmente la forma en que veían la democracia directa y la ecología. Sus contribuciones en estos campos proporcionaron un terreno muy fértil para el avance teórico y práctico. No es casualidad que en una época en la que las cuestiones de la democracia y la ecología atraen cada vez más atención, escuchemos cada vez más a ambos.

Estos conceptos están resultando de gran interés para un número creciente de personas en una época de continua privación de derechos, de feroz sustitución del ciudadano por el consumidor, de crecientes desigualdades económicas y de devastación del mundo natural. La democracia directa y la ecología contienen los gérmenes de otro mundo posible. Parecen dos de las mejores significaciones que las bases han logrado crear y articular como potencial sustituto de las podridas de la jerarquía y la mercantilización que dominan y destruyen nuestro mundo actual.

Traducido por Jorge Joya

Source: Libertamen

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